El Desierto

El mar de arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista, cada duna esculpida por los vientos cálidos del desierto. Parecía capturar los torbellinos desordenados de la mente del señor del caos. Avanzaba bajo un sol abrasador, dejando tras de sí huellas que desaparecían casi al instante, como si el desierto se negara a conservar el más mínimo rastro de su paso.
Sus pensamientos eran confusos, su esencia desgarrada entre la realidad y visiones cada vez más inquietantes. Percibía formas flotantes en los bordes de su conciencia, que a veces se transformaban en lugares familiares: las ruinas de un templo, una mujer susurrando su nombre, o seres sin ojos que lo observaban con intensidad. Una persona atada a una silla metálica…
— Solo son residuos, pensaba. Sin embargo, otra parte de él sentía que era algo más complejo. Sus visiones no eran simples alucinaciones, parecían más bien ecos confusos que le costaba comprender y situar en el tiempo.
Cuando subió al tren, esperaba que el balanceo regular lo ayudara a calmar su mente atormentada. Desafortunadamente, el viaje no hizo más que exacerbar sus problemas.
Los paisajes que desfilaban tras la ventana parecían deformarse, mezclándose con sus recuerdos y visiones. A veces, los árboles de la taiga se transformaban en figuras humanas inmóviles, y los lagos helados reflejaban un cielo negro profundo, salpicado de estrellas misteriosas. Percibía murmullos en el ruido de las ruedas sobre los rieles, ecos de su pasado que se confundían con el rumor.
Instalado en un compartimento vacío, observaba su reflejo en la ventana. Sin embargo, lo que veía no era su rostro humano, sino el resplandor fluctuante y enigmático de su ser profundo.
— ¿Eres tú, o una versión de ti? susurró una voz en su mente.
Apartó la mirada, pero la voz continuó resonando, mezclada con una melodía lejana. No lograba identificarla, pero lo obsesionaba.
Cuando el tren llegó cerca del mar de Aral y se detuvo por razones técnicas en una estación abandonada, Amano salió brevemente del compartimento. Lo que descubrió superó todas sus expectativas.
El lecho marino, antaño vasto y lleno de vida, se había convertido en una llanura estéril. Los cascos oxidados de barcos encallados yacían sobre la arena resquebrajada, tristes vestigios de una tragedia ecológica. La atmósfera era sofocante, impregnada de partículas nocivas y de sal.
Se detuvo frente a uno de los barcos, apoyando su mano sobre el metal oxidado. Imágenes lo asaltaron: recuerdos de una época en la que el mar aún existía. Sintió el sufrimiento de los ecosistemas destruidos, la desesperación de los pescadores que lo habían perdido todo, y la ira de una naturaleza traicionada por la humanidad.
— ¡No me necesitan para sembrar el caos! exclamó con una mezcla de desprecio y tristeza.
Las visiones se hicieron más intensas. El suelo bajo sus pies comenzó a resquebrajarse, y de las grietas surgieron sombras que tomaban la forma de criaturas acuáticas moribundas. Sus gemidos resonaban en su cabeza, acentuando el tumulto interior.
Retrocedió unos pasos, pero el paisaje parecía cerrarse a su alrededor, como si hubiera sido absorbido por un torbellino de imágenes y sensaciones. El mar de Aral, en su destrucción, había tomado el aspecto de un reflejo de su propio estado: un ser antaño glorioso, reducido a una cáscara vacía.
Mientras Amano retomaba su camino, sus pensamientos divagaban. Cada paso que daba, cada visión que lo asaltaba, revelaba una verdad profunda. La humanidad no necesitaba demonios como él para condenarse. El caos que creaba bastaba para destruirla. Pero una pregunta emergió en su mente: ¿y si ese caos pudiera convertirse en una herramienta de renacimiento?
Amatsu era el señor del caos primordial. Era el enemigo jurado del orden y de la materia. Avanzaba en medio de una humanidad que, a sus ojos, estaba a la vez perdida y resiliente. Mientras se volvía más humano, comprendió que no era el detonador temido, sino más bien el sembrador de un futuro para su raza. Era como una sinfonía silenciosa, interpretada a lo largo de su viaje. impecables. Luego Dave quedó solo, su frágil silueta recortada contra el resplandor implacable del neón.
