Desde Nihon con Amor

En el fondo del valle, la nieve aún crujía bajo las suelas de Amano. El santuario desaparecía tras él, tragado por una niebla espesa.
Más abajo, faroles de piedra jalonaban un sendero. Banderas votivas ondeaban débilmente bajo el viento gélido. En la oscuridad se oía el rugido del mar, recordando que, en aquel lugar, todo estaba moldeado por el agua y la ceniza.
Amatsu, bajo la máscara de Amano, avanzaba. Su mente oscilaba entre la lucidez y las visiones parásitas. Ya percibía el eco de una disonancia. Una grieta. Una corriente gravitacional extraña.
— Vendrán. Ella vendrá…
Alzó la vista hacia las copas de los pinos. Las ramas se mecían, pero no en la dirección del viento. El aire vibraba, como mareado.
Entonces llegó el impacto.
Un grano sutil de una onda gravitacional, surgido de la nada, golpeó su cuerpo a medio estabilizar. La nieve se elevó, luego se pulverizó en chorros cristalinos. El suelo crujió bajo sus pies. Rocas arrancadas de la montaña se alzaron en el aire antes de estallar en un estruendo telúrico.
Amano entrecerró los ojos. Más allá del desgarrón del paisaje, creyó ver un velo translúcido. Dentro, una silueta pelirroja y serpentina, rodeada de símbolos geométricos cambiantes.
¡Morriganne!
Aún no había revelado todo su poder. Pero su impronta fractal ya impregnaba el espacio.
…Set the Controls for the Heart of the Sun…
Un verso de Think Floyd atravesó su memoria como un fragmento robado. ¿Era un mensaje o una burla? Cerró el puño con más fuerza, intentando hundirse en el suelo. Pero la onda gravitacional ya tiraba de él, arrancando las raíces que trataba de restablecer.
Sintió que su sustancia se resquebrajaba. Su esencia oscilaba entre la del antiguo guerrero y la de la sombra cósmica.
— Ridículo… Esta gravedad invertida… No es su estilo habitual. ¿Quiere expulsarme de este mundo?
Hundió las manos en la nieve derretida, tiñéndola con una tinta negra arremolinada. Un torrente de caos bruto irrumpió, rompiendo la atracción terrestre que lo rodeaba. El aire se llenó de electricidad estática; los pinos crujieron como vidrio bajo la presión.
Morriganne frunció el ceño. Su luz era como la del ocaso, teñida de tristeza.
— Más resistente de lo que imaginaba… susurró, su voz perdida en la grieta.
Intentó forzar el paso. Sus dedos tejieron una nueva red de sigilos. Cada uno vibraba con un eco disonante. Sin embargo, una presencia emergió detrás de ella.
Una mano —o la sombra de una mano— rozó su nuca.
— ¡Morriganne!
Se giró bruscamente, y la fisura vibró como una cuerda a punto de romperse.
En ese espacio fractal donde el tiempo ya no tenía dominio, la Guardiana se alzó, sus contornos oscilando entre lo femenino y lo etéreo. Su voz, que era a la vez canto y susurro, resonó sin eco.
— Sigues jugando a tus rituales infantiles. ¿Crees que canalizas el caos, Morriganne? ¡No eres más que un conducto!
La irritación se reflejó en Morriganne; su cabello flotó a su alrededor como un halo de llamas. Avanzó, sus sigilos oscilando entre solidez y fluidez digital.
— Guardiana, ¿has venido a entorpecerme una vez más? ¡Míralo! Absorbe energías que lo convertirán en una amenaza aún mayor.
La Guardiana permaneció impasible. Fragmentos de luz se plegaban a su alrededor, como las páginas de un libro en llamas.
— Amatsu es más que una plaga. Es un reflejo de lo que os habéis convertido: criaturas dependientes del caos que intentáis controlar.
Morriganne apretó con fuerza el cristal entre sus dedos. Se oyó entonces un crujido: el núcleo gravitacional estaba a punto de colapsar.
— ¡Basta de parábolas! Debe desaparecer.
La Guardiana esbozó una sonrisa, llena de fría compasión.
— Apuntas al objetivo equivocado, Morriganne. Y lo sabes.
A su alrededor, un paisaje de pinos nevados, torii rotos y fractales se superpuso. El nexo inestable se cerró en el batir de alas de un pájaro.
Más lejos, Amano, liberado del agarre gravitacional, recuperó el aliento. Observó las últimas partículas luminosas flotar a su alrededor. Sus botas hundieron la nieve ennegrecida por los ecos del combate.
— Morriganne… Y una Guardiana… Aún me creen frágil. Olvidan que ¡yo soy el Caos!
Se irguió, la sombra de su sombrero Trilby ocultando sus ojos llameantes.
— ¡Nihon… un beso final!
Su risa, casi humana, se desvaneció en la noche.
Las calles de Kokyo, capital del Nihon, estaban bañadas por el resplandor gélido de los neones y se asemejaban a las arterias palpitantes de una bestia insaciable. Un flujo constante de rumores, tráficos y respiraciones húmedas resbalaba por los muros cubiertos de símbolos esotéricos y anuncios interactivos.
Bajo esta carne cibernética, la ciudad latía como un corazón enfermo.
Amano Kagaseo se movía lentamente por aquel laberinto urbano, pero su imponente presencia se sentía como un yunque sobre la nuca de quienes se cruzaban en su camino.
Tres días antes, había aparecido en pleno centro de la ciudad, surgiendo como una alucinación en un karaoke destartalado donde los yakuzas se reunían para celebrar un trato. No les dijo nada; simplemente se quedó allí, junto a la puerta, fumando un cigarrillo, con una sonrisa casi compasiva.
Cuando se marchó, todos estaban de rodillas, la boca abierta en un nombre que no comprendían. Ninguno sobrevivió a la noche, sus rostros petrificados en una mueca de terror indescriptible.
Desde entonces, su apodo corrió por las calles: El Hacedor de Reyes.
Un título susurrado con una fiebre de fascinación y de miedo. Los matones, los informantes, los jefes de clan, todos se pasaban la voz. Algunos aseguraban haberlo visto negociar con sombras, con espíritus. Otros afirmaban que intercambiaba almas perdidas por un simple contacto, dejando tras de sí cuerpos helados, pero sueños ardientes.
Para Amano, esas muertes eran inevitables. Cada contacto con los humanos despertaba en ellos una fisura: miedos ancestrales, impulsos prohibidos, recuerdos enterrados… Y él lo absorbía todo. Memorias, deseos, remordimientos. Todo se convertía en energía vital que, irónicamente, alimentaba su propia humanidad y le permitía caminar sobre Tellure sin fundirse en ella.
Algunas noches, se quedaba en el tejado de un love hotel abandonado, contemplando el mar de letreros parpadeantes. Rumores ascendían hasta él como un murmullo que filtraba maquinalmente.
Sabía que, más allá, hacia el oeste, otra ciudad ya lo esperaba: Moskeva. La Ciber-Roma, la verdadera arena donde podría imponerse entre los señores de la sombra.
Kokyo no era más que un campo de entrenamiento: la primera gota de caos inyectada en las venas del crimen organizado mundial.
Aquella noche, Amano tomó la decisión de abandonar la ciudad sin volver la vista atrás, dejando tras de sí un misterio inquietante. Cincuenta miembros de un clan yakuza fueron hallados muertos, todos con la misma expresión de estupor en sus rostros y todos fallecidos en el mismo instante. Se abrió una investigación, pero no reveló nada concluyente.
Solo se vio ondear la bandera negra de su abrigo tras él, mientras se alejaba de la ciudad. El objetivo de su viaje era difuso, pero su instinto lo guiaba. Cada paso que daba estaba impregnado de presciencia, de una conexión con el frágil tejido de este mundo, que lo amenazaba tanto como lo fascinaba.
— Entonces, ¿era él? ¿Amano?
La voz de la interrogadora era serena, pero su mirada traicionaba una impaciencia imposible de ocultar.
Dave, atado a aquella silla fría, esbozó una leve sonrisa.
— La etiqueta no importa. Puedes llamarlo como quieras, pero lo que es… no estás preparada para comprenderlo.
Ella no reaccionó a la provocación. Con un gesto, ordenó los documentos frente a ella: imágenes borrosas de Kokyo e informes sobre las víctimas.
— ¿Está convencido de que sus actos no están dirigidos contra nosotros? ¿Que esas muertes no son más que un subproducto de su presencia… accidental?
Dave cerró los ojos un momento, como buscando las palabras.
— No actuaba por odio. Todavía no… Lo que han visto es el caos resonando con el nuestro. Cuando camina, despierta lo que intentamos enterrar. Y para algunos… eso los quiebra.
Un silencio pesado se instaló. La interrogadora lo observó, escrutando cada músculo de su rostro, cada temblor imperceptible.
— ¿Y usted? ¿Por qué no sucumbió? ¿Por qué sigue aquí?
Dave abrió los ojos, con un destello casi burlón en la mirada, y respondió sin pensarlo demasiado:
— Tal vez estoy más cerca de él de lo que cree. Tal vez…
Ella permaneció inmóvil, reflexionando sobre aquella respuesta ambigua. Luego se incorporó, cerrando su expediente con una decisión firme.
— Ya veremos. Por hoy es suficiente.
Salió de la sala, dejando a Dave solo bajo la luz cruda. Una sonrisa fugaz cruzó su rostro.
— ¿Más cerca de lo que crees?
Dave se preguntó, sin saber de dónde había venido aquella idea, tan repentina como extrañamente familiar.
