Capitulo 3

Los Vientos del Caos

Mientras Amano se regeneraba en la sombra, alimentándose lentamente de los flujos caóticos, otra entidad ya tejía sus propios filamentos en la noche tecnológica de Moskeva, la Ciber-Roma. Una ciudad iluminada por neones, vapores metálicos y éxtasis virtuales donde se mezclaban ritos paganos y redes fractales. Aquí, la frontera entre lo antiguo y lo hipermoderno ya no existía: todo era un inmenso altar que vibraba al ritmo de los graves industriales y de las plegarias codificadas.

Morriganne, oculta en un club subterráneo bajo las entrañas de la ciudad, observaba a las masas danzantes desde un balcón estrecho cubierto de seda negra. Sus ojos, de un verde fosforescente, brillaban como dos cuchillas en la penumbra. A su alrededor, la multitud se movía, poseída por los beats binarios y las luces estroboscópicas.

Su cabello, rojo como un fuego vivo, caía en rizos salvajes sobre sus hombros. Era hermosa y aterradora, cautivadora como una diosa olvidada. Su cuerpo, envuelto en un vestido de seda incrustado de runas luminosas, vibraba en eco con la música, con la fervorosa energía colectiva.

Morriganne, mitad Titanida, mitad humana, había superado hacía tiempo el estadio de simple bruja. Se había elevado al rango de gran sacerdotisa en un monasterio tecno-ocultista, convirtiéndose en una figura legendaria para esta juventud cyberpunk.

Había atravesado las eras bajo mil rostros: guerrera celta, amante de Merlín, sombra en los campos de batalla nórdicos, diosa de los mares para pescadores desesperados… Hoy, era la Ciber-Bruja.

En el corazón del club, un grupo de iniciados mostraba implantes luminosos en la frente. Fragmentos de datos flotaban entre ellos, tejidos en una danza hipnótica. Sigilos móviles, trazados con tinta de carbono inteligente.

Alzó la mano. Los latidos se detuvieron de golpe — silencio absoluto. Incluso las respiraciones quedaron suspendidas.

Cerró los ojos. En su palma, un cristal esmeralda latió con un resplandor fractal, repercutiendo sus pensamientos a través de los circuitos.

Amatsu está despierto, murmuró, su voz apenas audible, pero transmitida en los implantes de sus fieles. — Todavía ignora las reglas de nuestro mundo. Cree poseer la clave del caos.

Volvió a abrir los ojos, una sonrisa carnicera en sus labios pintados de negro.

Es a nosotros a quienes corresponde enseñárselas.

Su mente se sumergió en la red. Se conectó a una trama fractal, mezcla de magia rúnica y análisis de datos místicos. Fórmulas antiguas se entrelazaban con algoritmos autorreplicantes. Cada símbolo vibraba, resonando con el subconsciente colectivo de la multitud.

Ruidos, casi susurros de ASMR, se elevaron del suelo como un eco de la realidad alterada que ella invocaba. Entre ellos, una frase se impuso en su mente, palpitante:

Set the controls for the heart of the sun

Un escalofrío le recorrió la espalda. Morriganne abrió de par en par los brazos sobre la multitud. Los cuerpos se retorcieron, atravesados por descargas electromagnéticas. El sudor y las lágrimas se mezclaban con el aceite de las máquinas. La escena parecía una orgía pagana, transfigurada en bacanal cibernética donde se fusionaban cables y carne.

Sintió una resistencia. Una esencia lejana, oscura, pesada. Amatsu. Sabía que él percibía su llamada y que se preparaba para responder.

Habló en voz baja, sus palabras perdiéndose en los flujos digitales:

Ven a mí, señor del caos. Ven a probar este mundo que ya no es tuyo. He esperado cada ciclo de la Luna, cada derrumbe de imperio, para este momento preciso.

Filamentos de energía gravitacional se desplegaron desde sus brazos, enroscándose como serpientes luminosas. Morriganne ya no era solo una sacerdotisa: se convertía en la titiritera de una fuerza que sobrepasaba el entendimiento humano.