Tiempo Menos Cero.

Una sombra colosal se extendía por la ladera nevada del volcán, recortándose contra los destellos agonizantes del crepúsculo. Pero no era una simple ausencia de luz: era una presencia, una esencia palpable. Encarnaba la Oscuridad.
Amatsu Mikaboshi.
Un nombre forjado por mortales para intentar capturar lo que no podía ser apresado. Una etiqueta imperfecta para designar lo que había nacido del Caos primordial, moldeado en la materia oscura, ajeno a las leyes de la física. Y, sin embargo, ese nombre le convenía.
En las profundidades de su esencia caótica, sentía el fervor de sus servidores. Energía bruta, ofrecida como una savia negra, alimentando su ascensión. Cada alma, cada ritual tejía un hilo en el tapiz de su poder.
Frente a él se alzaba la batalla definitiva, contra sus enemigos jurados: ¡los Titanes! Aquellas entidades se habían atrevido a imponer su orden en un universo que antes era suyo. Habían esculpido la materia, insuflado vida y establecido leyes rígidas. Demasiadas afrentas al Caos.
En esa isla sagrada, tres Titanes —Susanoo, Amaterasu y Tsukiyomi— lo habían rechazado, apoyados por una horda de héroes medio humanos, medio divinos. Aquel día, los héroes sellaron el destino de Amatsu; lo encerraron en un nexo entrópico más allá del tiempo.
Él, y los suyos. Hijos e hijas de la materia oscura, vástagos tan antiguos que se decía que provenían de dioses olvidados. Aquellos que tocaban músicas extrañas, en instrumentos disonantes, hechizando a sus amos.
Convivía con ellos, uno a uno, en el seno de una mente dormida en estasis, flotando con ellos por toda la eternidad.
Los Titanes permanecieron. Pero ¿a qué precio? Su existencia, así como la de las criaturas del caos, dependía de las emociones humanas: fe, miedo, veneración. Con los siglos, mientras las creencias se debilitaban, su poder se extinguía. Se convirtieron en sombras, relatos mitológicos más que realidades. Algunas, rehusando desaparecer, se habían elevado como guardianas galácticas, sin género ni sexo, desprendidas del mundo carnal, observadoras distantes y neutrales. Pero ¿por cuánto tiempo más?
Eones después, en los confines del cosmos y en una dimensión olvidada, Amatsu seguía atrapado en su estasis forzada. Su esencia fluctuaba, oscilando entre los límites de la realidad y los fragmentos del caos. El tiempo, allí, era un concepto vacío. Yacía aún en los limbos de un agujero negro masivo.
Entonces llegaron los sonidos.
Al principio, vibraciones débiles, casi imperceptibles.
… Day Tripper …
Estallidos de energía se elevaron en el vacío, portadores de intensas emociones. Aquellas energías no provenían de antiguos rituales, sino de una fuente imprevisible: ¿humana?
… It took me so long to find out …[1]
La música portaba una potencia comparable a la de los antiguos cantos sagrados. Bruta. Saturada de pasión. Amatsu se alimentó de ella. Lentamente, emergió de su sueño forzado.
Su cuerpo etéreo flotaba entre la materia y la ausencia de forma. Sus contornos oscilaban, evocando la silueta de un guerrero ancestral. Una extraña nostalgia lo invadió.
¿Era un recuerdo robado o su propia reminiscencia? Poco importaba. Las vibraciones musicales guiaban sus partículas inestables, uniendo la energía con su esencia. Comprendió que se hallaba en una era tan lejana que ninguna memoria podía alcanzarla ya. Muy por encima de la memoria y de lo perceptible, aquello le llegaba desde un pasado remoto.
A través del espacio-tiempo, percibió su fuente: un planeta azul rebosante de vida. Tellure.
Se concentró en los fragmentos de emociones que atravesaban las edades, portando consigo historias medio olvidadas. Aquella música no provenía de simples criaturas; estaba saturada de pasión, deseo y esperanza.
— ¿Por qué ahora? ¿Quién manipula estos sonidos para despertarme?, pensó.
Sin más reflexión, Amatsu siguió las corrientes sonoras, remontándolas como un depredador sigue un rastro.
Atravesando las épocas, reapareció en un torbellino de sombras sobre la isla que había sellado su destino milenios atrás. Nihon. Cuna de sus mayores batallas, envuelta en brumas fantasmales.
Buscó un anclaje, una identidad. La energía matinal no bastaba. De repente, recordó a Amano Kagaseo, un personaje legendario. Adoptó ese nombre y partió hacia un pueblo aislado.
Allí encontró a un pescador. Sin violencia, penetró en su mente y lo convenció de seguirlo. El pescador se postró ante él, impresionado.
Tenía un discreto tatuaje en la mano: un sol estilizado, símbolo desviado por sectas del caos. Una semilla plantada en el corazón de la historia moderna.
El caos volvía a emerger. Un murmullo en el alma humana, persistente hasta este siglo XXI.
[1] Day Tripper — The Bugs (The Beatles en la Tierra)
